Nada. Un fuego pequeño en la punta del dedo. Un recuerdo ansioso de algo mejor que se sabe misterioso... ¡Una llama! ¡Un cigarrillo!
Si no tengo otorgado el umbral iluminado del fuego de la creación verdadera con mi lumbre de muerto chorreando, me engaño y espero los siglos fumando: algo he de hacer con la forzada espera.
Me fumo una cajetilla diaria, y con la llama, mi lumbre, me engaño y aguardo con calma que se me explique porque debe el alma tener el temor de una eterna llama vengadora.
¿Llama humeante que surge del pecho? Es cierto: yo fumo en mi desespero y me meto adentro más humo, del mismo que yo produzco, y digo: ¡Dios, que arreglo has hecho para esquivar tu regalo!
¡Es la llama que orbita el mundo y hace al santo, es el fuego que nos cohíbe y nos aplasta de tanto en tanto, pero yo me la llevo a la boca y chupo! Es la protesta de un hombre desnudo y mudo....
Un fuego pequeño en la punta del dedo... Así no puedo arder en la llama grande que orbita nuestras ganas de tener un futuro, don de tu cielo y me ahogo de pena sin apenas rozar el suelo.
Como la llama de mi cigarro, muerto en la brasa te acuso, señor, de todo lo que me pasa.
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