Industrial comercial alimento
que nos dais...
y el manjar celestial
del que vosotros habláis.
¡Yo me desespero!
Estoy sentado en el suelo
con los ojos mirando al cielo
y escucho la conseja en el aire,
del que habla y que no es nadie,
pero que llama y dice y repite:
¡No te preocupe el pan,
ni la enfermedad, ni el desquite,
que todo lo que te quiten,
ya te lo devolverán!
No quiero tu regalo, ¡vete!
que luego he de arreglar con la gente
la machacona diferencia existente
entre lo que proclamas tan doliente
y la negra realidad de tu cliente.
Es una sopa de letras que se repite
en la tierra y en cielo
como los muñecos parlantes
que no saben lo que dicen.
Con mis manos, con mi vientre,
mientras tenga tiempo para el envite
y nadie sea el que me quite los años
que aún me quedan de respirar:
¡Te lo ordeno! ¡Te lo digo! ¡Vete!
Entonces hay un clérigo espantado
que huye de lo pactado
y escucha como promesa
la frase hecha de un libro anticuado.
Es un mensaje envenenado,
y poco estudiado,
que donde ha sido sembrado
deja sin motivo todo lo vivido.
Procura rezar, dice,
y el sol vendrá y te calentará
y si a las aves en sus nidos
le procura el sustento
¡que no hará contigo
que su predilecto hijo te asegura!
Esa promesa ha sido hecha
en cien culturas
y las cien han dejado en las celestiales alturas
el afán de cada día olvidado.
Déjame rezar y el sol vendrá y te calentará.
No hagas nada,
deja que la manada
te lleve al paraíso.
Eso se ha dicho
y quien lo ha creído
sin sol
y sin sustento se ha quedado.
Vendrá el pájaro lleno y el vestido de la flor.
Yo esperaré tu promesa.
Sin trabajo.
Sin rencor...